martes, 20 de marzo de 2012

La princesa boba

Aquella mañana parecía que el sol no iba a salir, las espesas nubes de tormenta cubrían el cielo de tal modo que estaba completamente gris, en penumbra. El viento soplaba con fuerza anunciando la tempestad que descargaría por la noche toda su furia.
Los guardias reales que se encontraban custodiando las puertas del hotel donde se hospedaba su Majestad y su hija, la pequeña princesa aguantaban estoicamente sus posiciones, con sus bellos uniformes rojos y sus gorros siendo zarandeados por el viento, cada vez más intenso.
En el cálido interior del hotel, vacío para albergar la visita real se encontraba la Reina discutiendo con el director, que les recomendaba prudencia en vista de la noche que se avecinaba, mientras que la Reina insistía en que, mientras ella permanecía entregada a sus ocupaciones reales, que quién sabe en qué consistirían, la princesa debía practicar sus “ejercicios” en el exterior.
El hotel estaba decorado con exquisito gusto, en colores rojo y dorado, rebosante de riqueza barroca. En el gran salón de recepciones las mesitas bajas con hermosas patas labradas tenían floreros de cristal con arreglos de rosas blancas o lirios y en el recibidor donde se desarrollaba la discusión habían sofás tapizados en terciopelo rojo alrededor de una chimenea que chisporroteaba con alegría mientras en el exterior gris tronaban a lo lejos los primeros relámpagos que amenazaban con desatar su cólera antes de lo previsto.
La Reina era una mujer forzadamente joven, vestía con un traje chaqueta estructurado de color gris de tweed y tacones altos. Había desafiado al tiempo y a la edad en innumerables ocasiones pues le encantaba ser el centro de atención y admirada por su belleza. Su cara estaba tan estructurada como su traje, poniendo y quitando de aquí y de allá convirtiéndose en una mujer, supongamos que joven y bella aunque en realidad no lo era. El pelo en una coleta repeinada y larguísima, cambiaba de color y textura en casi tres ocasiones hasta llegar al final.
El director, único habitante permitido además de unas camareras para el servicio, en presencia de la real señora se agotaba inútilmente en la discusión, con cansancio repetía:
-Señora ya os lo he dicho
-Majestad- le reprendió imperiosa
-Majestad, hoy no se puede salir del hotel, y los guardias deberían entrar también a pasar la noche o ser despedidos a los cuartos del servicio, hoy no se debe estar fuera, cuando vienen estas tormentas ocurren toda clase de cosas extrañas
-Tonterías- exclamó ella- además, mi hija, la Princesa debe salir a practicar sus ademanes de princesa, ¿qué príncipe la va a querer sino? Debe practicar sus ejercicios diariamente para estar preparada para el momento del rescate. Todo es importante, la correcta postura, el nivel adecuado del volumen de la voz, las miradas de “necesito un príncipe que me salve” Todo cuenta!
El director, no poco extrañado inquirió:
-¿El correcto volumen de la voz? Estoy perdido
-Normal, usted un plebeyo no podría entenderlo. Sería un desastre que en el momento de ser rescatada mi hija al príncipe le pareciese muy chillona o su voz demasiado ronca, es algo que requiere de gran conocimiento de la situación.
El director del hotel miró a su alrededor el derroche de lujo y le costó imaginar de qué exactamente tendría que ser salvada la mimada princesita. Adivinando su pensamiento la Reina dijo:
-No sea bobo hombre, es un peligro controlado, una escena bien orquestada, unos cuantos gritos ensayados, el príncipe en cuestión colocado en el lugar adecuado en el momento preciso, un rescate, enamoramiento y ya lo tenemos: boda real.
El hombre miraba incrédulo a la Reina y a la princesita que había aparecido silenciosamente detrás de su madre. La pequeña tenía todo el aspecto de las princesas de los cuentos cursis, cara de bollito de rosadas mejillas, pelo largo y rubio a tirabuzones peinado en dos largas coletas con lazos de seda y vestido de volantes rosa decorado con encajes blancos.
Una mirada de besugo espantado y el poco entendimiento de un ladrillo completaban el conjunto de princesa necesitada de un rescate. Con urgencia.
Al director le inspiró una compasión y una pena terrible aquella niña de unos ocho o nueve años siendo preparada tan concienzudamente por una madre tan poco escrupulosa y a su manera tan estúpida como su cachorrilla. Una reina tonta para todo y lista para lo que le interesaba había dado como fruto una princesa boba.
La princesa miró con su carita sonrosada y blandita, como un panecillo sin cocer a su madre que cariñosa le dijo:
-Ve pequeña mía a practicar tus ejercicios, no vuelvas hasta que no los hayas terminado todos.
Y la pequeña sin inmutarse por los rayos que iluminaban el cielo ocasionalmente y la oscuridad total que ya se cerraba sobre el caserón por su estupidez natural, libre de miedo por estar libre de entendimiento también se marchó trotando alegremente por las alfombras mullidas como un cerdito.
Se quedaron discutiendo cómodamente en el hotel su madre y el escandalizado director. Cuando vio que nada podía hacer ni decir que la hiciese cambiar de opinión se dedicó a sus tareas habituales y dejó a la reina tranquilamente tomando el té junto a la chimenea impertérrita ante el peligro que acechaba a su niña.
La niña atravesó la puerta de entrada y recorrió la alfombra roja que habían dispuesto para recibirlas y que por la orden de hacer desaparecer a prácticamente todo el servicio del hotel y la amenaza repentina de lluvias nadie había recogido. Además, la reina era muy exigente en cuanto a las deferencias para con ella y no permitía que se retirase la alfombra mientras ella estuviese, con lluvia o sin ella.
La princesita atravesó el camino entre las dos filas de guardias que flanqueaban la alfombra mirando al frente aunque siguiendo de reojo a la niña que daba ridículos saltitos canturreando en un ataque de cursilería suprema.
-Si la princesa está fuera significa que hoy pasamos la noche al raso- pensaron sus cabezas al unísono con un suspiro de cansancio ante la idiotez de la reina y su poca consideración. Ya habían perdido recientemente a una niña, la damita de compañía de la princesa en una de estas tonterías que se le ocurrían continuamente. La nenita, de cara graciosa y cabello castaño claro había desaparecido en extrañas circunstancias al perderse en el bosque. La princesita no la había llorado aunque sentía su marcha porque creía que la iba a volver a ver en cualquier momento así que no se preocupaba mucho por Beatrice que así se llamaba. Podríamos pensar que suponía que solo se había ido de viaje o a su casa pero no suponía nada, así de boba era. Las cosas ocurrían y punto, sin más.
La princesa comenzó su ensayo, iba de acá para allá correteando juguetona, tumbándose de vez en cuando en el sucio suelo, otras fingiéndose atada a un árbol y lanzando grititos de socorro con sus segundos de pausa adecuados, su tono y vibración correctos, hoy le estaban saliendo especialmente bien. Los guardias estaban ya acostumbrados al extraño ritual y no le hacían el menor caso, seguían firmes en su posición sin alertarse mirando al frente todo el tiempo.
Desde la ventana del hotel el director y una camarera se habían parado a contemplar a la niña en acción. La camarera observaba boquiabierta con las toallas blancas apretadas entre los brazos y dijo:
- ¿pero que está haciendo?
-Ensayar para que un príncipe la rescate- repuso el director con voz triste
-Pobre chiquilla, ¿no se da cuenta su madre que con este tiempo no debe salir? Que desgracia ser princesa.
El director asintió con lástima y ambos se marcharon a seguir sus tareas.
Llegó el momento cumbre de la función, terminado esto podría marcharse a descansar a su dormitorio a comer chucherías. Consistía en dos columnas de hierro preparadas en una plataforma relativamente alta a las que debía atarse con dos cuerdas y de ahí esperar un buen rato. Se sabía la lección y la técnica tan perfectamente que se ataba y desataba ella misma con asombrosa facilidad. Se subía a la plataforma impulsándose con los brazos y pateando con sus piernecillas pequeñas y regordetas y sus zapatitos de charol hasta llegar a lo alto, una vez ahí se colocaba entre las columnas con los bracitos estirados una vez ya atada y se dejaba caer ligeramente afectando cansancio y desesperación con la cabecita, eso sí; sin deshacerse un rizo. Suspiraba unas cuantas veces y luego lanzaba algunos grititos agónicos. Quizá un poco más de seso la hubiese hecho plantearse que aquello era un espectáculo ridículo y una pérdida de tiempo. A lo mejor su madre, en vez de educarla en el papel de princesa rescatada podría haberle enseñado ciencias o literatura o arte, podría haberla hecho una mujer cultivada e interesante o podría haberle enseñado defensa personal para poder rescatarse a sí misma.
También podría haberle enseñado que no hay que salir mientras hay una tormenta.
La tormenta se situó por fin encima del hotel y del patio de juegos donde la princesa trabajaba. Miró la hora en su reloj de pedrería, aún debía permanecer en esa postura unos veinte minutos más, un aburrimiento. Un rayo afortunadamente con poca fuerza se descargó contra los postes que por suerte, solo llevaban cuerdas en vez de cadenas. La princesa salió despedida fuera de la plataforma y se dio de morros contra el suelo con un grito esta vez poco controlado. Aturdida por el golpe se sacudió un poco;- menudo desastre –pensó, se había chamuscado el bonito vestido que ahora tenía un desgarrón importante en la falda y estaba manchado de negro y olía fatal. El pelo también estaba fatal.
-Pues así no puedo volver delante de mamá- se dijo sin darse cuenta de la suerte que había tenido. En esto pensaba cuando otro rayo golpeó los postes que se tambalearon en la plataforma cayendo sonoramente muy cerca de ella.
La princesita lanzó un chillido agudísimo y del propio susto echó a correr en dirección al espeso bosque que rodeaba la mansión en vez de ir, como cualquier persona sensata a refugiarse al hotel.
La lluvia comenzó a golpetear con fuerza, grandes gotarrones empezaron a caer en el patio y sobre las caras de los tiesos soldados que preveían pasar así toda la noche, con el agua llegándoles a las rodillas y sin poder entrar a tomar una sopa o algo caliente.
Habían oído un trueno fuerte y el grito pero estaban tan acostumbrados que supusieron que sería otra triquiñuela de la reina para asustar a la niña y hacerle ver que aun no estaba preparada para el inminente rescate porque no podía controlar sus gritos y parecía una niña maleducada en vez de una delicada princesa.
La niña corría hacia el bosque y cuando se vio allí se calmó un poco, la tormenta se oía más lejos así que no había razón para no continuar su ensayo que se había visto bruscamente interrumpido. Seguro que así mamá estaría muy orgullosa de ella y le perdonaría un poco el penoso aspecto con el que en modo alguno podría permitir que un príncipe la viese.
Total, que siguió dando trotecillos acercándose a un árbol o a una roca jugando más que otra cosa y canturreando de nuevo como si nada adentrándose cada vez más en el bosque.
La reina había terminado su merienda y se preguntaba como iría el ensayo, asomó la cabeza por la puerta de entrada y le preguntó al capitán de la guardia. Este fue a ver y la sorpresa fue mayúscula al ver que la niña había desaparecido y el estado de los postes. Temiéndose lo peor dio parte del suceso. La reina enloqueció, perdiendo toda su compostura real cargó con todas las culpas a los guardias por SU imprudencia, SU irresponsabilidad y por cómo habían podido permitir que aquello ocurriese. Casi escupiendo espuma dio orden de dispersarse y de buscar inmediatamente a la niña por todas partes.
Los guardias se apelotonaron contentos de por fin dejar la postura que ya llevaban tanto tiempo aguantando que ni les pinchaba pero chocaban entre ellos y se tropezaban de tan torpes y agarrotados que estaban. Finalmente fueron a buscar a la niña.
La princesita oyó un grito y después otro. Eran sus guardias que la llamaban a voces por el bosque pero ella, tonta como era, imaginó que eran fantasmas que venían a buscarla puesto que sus voces sonaban lejanas y como un lamento terrible, se oían ramas rotas y arrastrar de cadenas que no eran otra cosa que el cansancio y el sonido de las armas y medallas chocando entre sí.
La niña volvió a correr asustadísima enredándose con las ramas, espoleada cada vez que escuchaba un trueno a lo lejos, llovía de firme y estaba empapada.
Se refugió bajo un arbusto espinoso con la esperanza de que los fantasmas no la encontrasen cuando de pronto, de un agujero unos metros más atrás surgió una hermosa mujer.
El agujero parecía conducir a un pequeño refugio y lo había cubierto de una tela vieja y raída, a rayas que hacía las veces de cortina de entrada. La mujer se había arrastrado literalmente por el hueco y estaba sujetándose con las manos para mantener el torso fuera de este. Era bellísima, con un rostro delicado, de pómulos y barbilla marcados los ojos muy azules y cristalinos y con un cabello corto y castaño claro. Sus brazos y su cuerpo eran muy delgados y estaban cubiertos por una fina camisa blanca de encaje que no parecía sucia pese a haber salido de la tierra. La mujer sonrió a la princesita con dulzura y le dijo:
-Oh pequeña, ¿te has perdido? Ven aquí a mi casa yo me encargaré de ti
La princesita vaciló en un momento de iluminación repentina, aquello no parecía fiable, pero la mujer era tan bonita…
Del agujero surgió la cabecita de una niña de más o menos su edad que la miró con ojos traviesos escondida entre los brazos de la mujer. La niña apuntó con voz seductora:
-Sí, ven con nosotras- mientras ambas sonreían amablemente
La princesita sintió confianza en ese momento, si esa mujer extraña tenía una niña ¿qué daño iba a hacerle a ella? De pronto su rostro le resultó familiar
-¿Beatrice?
-¿De qué está hablando esta estúpida?- soltó la niña. La mujer le lanzó una mirada acerada y apretó los labios haciéndola callar, la pequeña se escurrió en el agujero.
-No le hagas caso pequeña- dijo amablemente- no se llama Beatrice, pero puedes venir aquí con nosotras, hace frío y llueve y no es bueno que te quedes ahí.
-¿Y los fantasmas?-preguntó la pequeña ingenua
-Oh! Los fantasmas, si vienes aquí no te cogerán, yo te protegeré de ellos pero tienes que entrar a mi casa.
Se apoyó en un brazo y tendió la mano a la chiquilla que confió en su belleza más que en sus palabras, porque una mujer tan guapa no podría hacerle ningún daño ¿verdad que no?
La niña se escurrió en el oscuro agujero y se encontró que no era más que una pequeña cueva excavada en el suelo, no había casa por ningún lado y la mujer y la niña estaban apoyadas sobre su vientre, estiradas en el suelo.
La mujer extendió la tela de la entrada que no llegaba a cubrirla parcialmente y les hizo un gesto para que callasen. Contuvieron las tres la respiración y en ese momento pasaron a la carrera los guardias por delante del agujero, pudieron ver sus botas ante sus ojos salpicando barro y agua.
Cuando pasaron la princesita suspiró con alivio; se había conseguido librar de los fantasmas que la perseguían y pretendía jugar un rato con su salvadora y la cándida niñita que la habían protegido. Después seguro que la devolverían a casa.
Estaban las tres apretadas en el agujero, la niña recostada de perfil, de tan estrecho que era cuando la hermosa mujer se volvió hacia ella y la miró con una sonrisa extraña. La cabecita de la niña sobresalía del hombro de su madre con la misma sonrisa. Se sintió incomoda por las miradas fijas de aquellos ojos y para romper el hielo dijo:
-¿bueno ahora que hacemos?
La mujer rió con la boca cerrada y la niña soltó una risita malévola. Quizá si su madre no la hubiese enseñado a esperar que la rescatasen y la hubiese enseñado a defenderse sola podría haber presentido el peligro. Pero como era boba se había metido de cabeza en la boca del lobo.
-Pues, creo que ahora vamos a devorarte- dijo la mujer hermosa calmadamente.
Le llevó un rato asumir lo que acababa de decirle, escuchó el cascabel de una serpiente que se deslizaba en el agujero y una cola escamosa que se enredaba en su pierna, arrastrándola hacia abajo. Vio a la mujer y a la niña con sus bocas abiertas y sus afilados colmillos la dejaron sin respiración; hablaban en serio. Trató de gritar, de resistirse, pero las manos de la mujer la agarraron por el cuello. Y aquello fue lo último que vio, después todo se hizo oscuro.

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