sábado, 10 de julio de 2010

El Principito

Uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia (y otra cosa no, pero tengo buena memoria) es cuando mi padre una noche me dijo:- Hoy para dormir voy a leerte un cuento muy bonito, se llama El principito, ya verás como te gusta...
Yo comenzaba a aprender a leer y muchas veces mi padre me enseñaba las ilustraciones y yo empezaba a leer la primera frase tras el inciso natural de la ilustración. Mi padre no terminó de leermelo porque me lo leí yo misma. Es el libro que más veces he leido con 32 veces contadas.
No se exactamente que es lo que me enamoró de ese texto, quizá es la inocencia con la que está narrado o quizá sea más bien la ironía y la mala leche con la que el Principito hace las preguntas a los adultos. O quizá sea la felicidad que me produce saber que todavía, tantos años despues de esa primera lectura, hago esas mismas preguntas.
Aunque crezca, todavía miro los libros de ilustraciones para niños y me quedo pegada a los escaparates de las jugueterías. Aun me releo los libros de cuentos de pequeña con el mismo gusto que antes, tal vez más.
Pero como es inevitable, últimamente no paro de pensar en niños pequeños, me embobo mirando a bebés y a sus madres jugando y no dejo de imaginarme a mi misma alumbrando a niñitos con aspecto escandinavo. Serán cosas de la edad y las hormonas, que se le va a hacer.
Quizá sea por eso por lo que últimamente cuando voy en metro veo cantidades ingentes de cachorrillos humanos, como si hubiese habido un baby boom recientemente y yo sin saberlo. Quizá es solo que me fijo más en esas cosas.
Hoy en el vagón viajaban conmigo 7 niños. Una de ellos, la más alejada de mí viajaba tranquilamente hablando con su madre. Bien peinada, bien vestida, bien educada en general, rondaría unos 7 u 8 años y le hacía preguntas en voz baja o comentarios graciosos. Ante mí estaba un niño con los ojos enormes, aproximadamente de unos 6 años o tal vez menos, era rubito y con los ojos realmente saltones, como los de un sapito. Llevaba un bote en las manos de esos que llevan ese juguete tan agradable que parece un moco, que huele a engendro químico y sabe todavía peor, que todos hemos tenido y dios sabe para que o cual es la gracia, porque es realmente repugnante y acaba muriendo en el bote. Miraba fascinado el paisaje y de vez en cuando su tarrito verde con la misma expresión. No ha hablado ni se ha movido en todo el trayecto. A mi derecha una niña que era la viva imagen de Esmeralda en Nuestra señora de París. Ojos negros muy grandes, pelo largo rizado y negro, piel oscurita, nariz respingona y boca bonita. Todo en ella era el aspecto de una gitanilla graciosisima, de esas niñas que cuando las miro me hacen pensar: Quiero una de estas!!. Hasta que ha abierto la boca. Despues una nena que venía en el carrito. Ojos muy muy azules y pelo casi blanco, con todos los rasgos nórdicos. Me ha hecho pensar: ¿tendré niños así? (lo se, estoy para atarme) se ha levantado del carrito para sentarse en el asiento del metro mientras decía a su madre:-aquí como los mayores...- y a su madre y a mi se nos ha caído la baba. Un niño más al fondo estaba dormitando en el carrito con una pierna colgando y más agusto que el mundo.
Pero si hay un niño que me ha llamado la atención, es el que estaba enfrente mío a la izquierda.
Era un niño de unos 7 años más o menos con el cabello castaño claro y ondulado y los ojos grandes y marrones. El típico niño al que miras y dices:- que niño más mono- hasta que lo oyes hablar. Su madre y sus dos abuelas también presentes opinarían que el niño es graciosísimo, yo opinaba que era un graciosillo.
Quizá no era culpa del niño, quizá era culpa del harén que llevaba a su alrededor. Tan pequeñito, y ya tenía muy clarita su posición de pequeño sultán y que las mujeres no sirven para mucho más que para lamerle el culo y reirle las gracias.
Qué quereis que os diga? Ver a un niño rebotadísimo, dando patadas, berreando e incluso pegando a su madre y a su abuela y que su madre solo le de besitos y abracitos diciendo:- Ay que malo es mi niño- pues me parece desalentador.
El niño me ha mirado un momento, supongo que por la atención con la que observaba el cuadro, y quisiera poder describir la cara de cabrito que ha puesto, esa cara que solo los niños saben poner, que parece una premonición, la cara de:- ahora dicen que soy muy mono, que soy "malísimo" y un trasto, de mayor seré un hijo de puta con todas mis letras, en mayúsculas y en negrita, y tu y todas las de tu especie sereis seres inferiores dispuestos a besar el suelo por donde pase.
Pongo la mano en el fuego de que ha puesto esa cara.
El Principito iba hablando con sus admiradoras del fútbol (como no podría ser de otro modo en estos días) que le decían: -tu quien crees que va a ganar?
-España! porque lo ha dicho el pulpo (quizá de este tema hable otro día porque me fascina)
-Si gana que hacemos?
-Me das 10 pavos!!
-*Rien la ocurrencia* Vale si gana España te doy 10 pavos, y si pierden que me das?
*berridos y pataleta del niño*
Ha intervenido la madre para tranquilizarlo:- cariño, España no va a perder, no creo que pierda, pero igual ocurre, pero te prometo que si pierden iremos de viaje a Holanda vale?
-Si! y entonces yo les daré puñetazos a los holandeses!! asi!! pshhh trusshhh* patadas y codazos y puñetazos que han ido a parar a las abuelas y a la madre que les reían divertidas mientras se llevaban la mano a las zonas golpeadas*
Frenemos aquí los acontecimientos y analicemos la problemática:
El niño TIENE razón y punto, España no va a perder porque entonces el nene se cabrea y se pone como un potro.
El niño GANA siempre, si su equipo gana entonces el se beneficia, si el equipo pierde se beneficia igual, es decir, desconoce el castigo o perder simplemente.
El niño muestra una conducta a mi modo de ver inadecuada y le rien la gracia.
El niño es un pequeño tirano.
El niño se merece un par de ostias.
Al rato de conversación sobre temas variados (niño berrea, niño da la coña) hemos parado en una estación, y el pequeño príncipe ha leido en voz alta y para todo el respetable la estación a la que nos dirigíamos, una palabra de tres sílabas que le ha costado una eternidad leer.
No haré más alegatos ni comentarios sobre la edad a la que yo leía de corrido, pero no puedo evitar emitir mi opinión.
Lo veo como una cruz pendiendo sobre su cabeza y sobre todo sobre la de su madre y parientes cercanos. Dentro de diez años su madre irá a algún programa posiblemente diciendo que el nene es un tirano y que hace lo que quiere y que la maltrata y que no la respeta, y se echará las manos a la cabeza preguntándose cómo ha llegado a esa situación. Debería haber un ojo mágico o una bola de cristal que cuando nos escandalizásemos por un inesperado giro de los acontecimientos apareciese para mostrarnos en que punto de la historia tomamos esa decisión o esa linea de acciones.
Deberían de mostrarnos que nuestra forma de malcriar a un niño monísimo con aspecto de principito nos ha llevado a un salvaje en potencia.
Por qué me he acordado de uno de mis libros favoritos? Porque cuando he visto a ese niño me he preguntado si mis hijos podrían ser así, y lo que daría yo por que fuesen dulces e inocentes principitos y princesitas, haciendo preguntas sobre el mundo, pidiendo que les dibuje corderos y haciéndose amigos de zorros y amando a su rosa.
Pero supongo que basta con empezar a leerles a tiempo.
Para evitar que algún día se crean sultancitos en sus propios harenes y que el mundo es su patio de recreo personal.
Antes de que esa torta que se merecieron se la den a alguien que no lo merezca.

No hay comentarios: