miércoles, 27 de agosto de 2008

La memoria de la eternidad

Cuando en el metro se le acaba la bateria del mp3 o por falta de espacio en la mochila o bolso o porque hemos tenido que elegir entre el bienestar de nuestra contracturada espalda o unos minutos de entretenimiento cargando un libro o porque nuestro récord al tetris resulta simplemente inbatible, es una acción generalizada jugar con el móvil.
A una hora en la que tus amigos posiblemente están ocupados o durmiendo es evidente que no te vas a poner a hablar por teléfono.
Una vez vuelto a intentar superar nuestra propia marca lanzando bolitas de nieve (dios como me gustaba ese juego) o emparejando bolitas de colores sin mejores resultados que la vez anterior, de intentar configurar el wap (sin éxito por mi parte) y de releer 20 veces la agenda con la esperanza de borrar algún número es cuando realizamos una acción que a mi modo de ver debería de estar penalizada.
Debería de haber un calvo como el de la loteria preparado detras tuyo para darte un capón cada vez que abrieses el buzón de mensajes.
Y no es porque no le puedas mandar un mensaje a un amigo o a un familiar ( el siempre clásico "llegaré a comer estoy bien no te preocupes mamá") sino porque tenemos la mala costumbre de conservar los mensajes de meses (tal vez años!) pretéritos.
Que nadie mienta ahora: todos tenemos un mensaje ( generalmente de un ex novio/a) que reza asi :" esta noche ha sido maravillosa, ojala no se hubiese acabado nunca tq mi vida ;)".
Bueno, pueden haber variantes pero el concepto es el mismo siempre; un día estupendo que has pasado con alguien.
En realidad no es malo pero hace tiempo que llegué a la conclusión de que estos mensajes son más nocivos para la salud de lo que usualmente se piensa.
Abrimos el buzón esperanzados de que en realidad en ese momento alguien piense en nosotros y nos mande un mensaje realmente emocionante (el típico amor perdido con el que acabamos mal y que esperamos estúpidamente a que nos envie un día un mensaje con un "sabes? me estaba acordando de tí" o un "hola como te va? quieres que quedemos un día?").
Eso no suele suceder así que nos dedicamos pacientemente a la relectura de cosas que en su momento nos emocionaron.
En lugar de ir directamente al punto de nuestro interés ( el mensaje alfa; el que no se debe leer más de 100 veces) repasamos toooodo el buzón como si alguien nos observase y nos diese vergüenza porque esa persona sabe que hemos leido ese mensaje más de mil veces.
Vamos uno a uno, releyendo unos 40 "ya llego a la parada" unos 20 " quedamos a las 19:30 en casa de pepito, trae alcohol" y unos 50 " tiene una llamada perdida de este numero, por cierto? has visto las novedades musicales de moviestar?" tras nuestro recorrido en el que borramos uno o dos de los numerosos textos que se amontonan como en un buzón atragantado y a punto de estallar, llegamos al punto de nuestro interés.
Lo releemos con avidez entre 2 y 3 veces de dos formas: con la sonrisita de bobos o con la lagrimilla en el ojo y pensando "y fijate luego que gilipollas" pero ahi es donde caemos en el error; no lo borramos.
Tras cada relación fracasada ( contando tanto las de parejas como amistosas) saco una norma que intento cumplir, como si de una superstición se tratase.
No se trata de que me vaya a dar mala suerte realmente, sino porque es una cosa que pienso yo que puede haber sido un error, una suposición de lo que pudo orientar esa relación a la ruptura.
En eso me inspiro en los ratoncillos de laboratorio: como buena ratita elijo otro camino para intentar alcanzar la comida sin que me de un calambrazo.
Bueno pues para mi, conservar mensajes en el movil es como un ratón estampándose una y otra vez contra un muro de metacrilato.
Es general que la gente durante la adolescencia conserve hasta los mínimos detalles de su primer amor (conocí a una chica que conservaba las cáscaras de las pipas mascadas por su amado) (si, ya lo se, carne de psiquiatrico) nunca he llegado a límites tan pasionales pero si me gustaba escribir un diario en el que anotaba cuidadosamente los mensajes que me habían gustado.
En la siguiente relación ese diario ya no existió; no hice una sola mención a su nombre en ningún texto y actualmente ya no conservo esa clase de mensajes.
He llegado a la conclusión de que esos mensajes se leen siempre con nostalgia, como recordando algo que siempre fue mejor, el momento del enamoramiento brutal, en el que solo vives para esa persona cuyas palabras luego lees pensando "ai en qué ha quedado aquello" o mis crueles "si mucho te quiero y mucha leche pero a la hora de la verdad nada!".
En realidad lo único que consigues con ello es vivir en el pasado recordando lo que pudo ser un enamoramiento momentaneo o incluso ( y perdón por llamarlo así) una equivocación; lo único que obtienes con ello es un sufrimiento que te autoinflinges injustamente.
Me imagino personificada a esa parte del cerebro (o quién sabe; el alma) dedicada al amor exclamando :- pero quieres dejarlo estar?? no he tenido ya suficiente? quieres dejar de atosigarme con eso? porque si tu no te cortarías un brazo con un cuchillo a mi no paras de putearme?
El otro día ( y me disculpo por adelantado por sacar este tema a colación) mi pareja me mostro un mail que le había enviado una amiga suya que a su vez había recibido de su ex novio.
El mail citaba uno a uno y textualmente todos los mensajes que ella le había enviado durante su relación comentándolos con bastante sarcasmo.
Él procuraba mostrarle su descontento porque ella ( 2 años despues de terminada la relación) tenía otra pareja.
Además de subrayar lo evidente (que hombre más plasta) he de preguntar: ¿cuantas horas de autofustigamiento ha pasado ese chico leyendo una y otra vez lo que ella escribió en su momento y pensando en el comentario más ingenioso para cada uno?
Llevo un tiempo ( aproximadamente desde la catástrofe del día de san valentín) con la filosofía de darle poca o ninguna importancia a los días importantes con mi pareja.
Los mensajes, los días clave por asi decirlo son detalles muy hermosos pero no son los que hacen especial una relación sino el día a día.
Yo soy la primera que era incapaz de eliminar esos textos, pero llega un momento en el que un mensaje te asquea, te horroriza hasta tal punto que sientes como si fuese un virus que pudiese emponzoñar el resto del aparatito y amigos, no pasa nada si lo borras.
Igual que al mensaje de la noche maravillosa no lo destierras al olvido, de hecho, te acuerdas casi mejor que si lo leyeses día a día pero sin ese tono melancólico.
Hagamos un esfuerzo todos y acompañemos esos mensajes venenosos al lugar que se merecen: la papelera.
En mi caso, las palabras de mi amor no necesitan ser guardadas en la memoria de un aparatejo; las tengo donde mejor guardadas están y donde más fácil acceso tengo.
Porque he olvidado decirlo; el día que te cambias el móvil, esos mensajes que guardaste con tanto celo hasta que en el buzón no cabía nada más, desaparecen para siempre.
Es lo que tienen las targetas de memoria, la tecnología es así.

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