sábado, 9 de febrero de 2008

Las lágrimas de tus ojos

Todos tenemos alguna vez un día malo, un día de esos en los que no te levantarías de la cama ni a patadas, que preferirías quedarte en casa calentito con la estufa y la manta en vez de ir a trabajar o a clase (bueno eso es más habitual) pero hay días en los que todo se tuerce, todo lo que intentas te sale mal, te encuentras a gente que no quieres ver, discutes con alguien...
En esos días, uno de los momentos más deprimentes es sin duda la vuelta a casa en el metro.
Está ya oscuro, y vas acurrucado en el asiento rememorando una a una las anécdotas de este día horrible y pensando una y otra vez:- ojalá hoy no me hubiese levantado.
Sientes una necesidad de llorar, de desahogarte increible y como el metro es tan impersonal, tan frio, a nadie le importa si ries o lloras, no hay preguntas, solo hay alguna mirada curiosa, alguna compasiva...y lloras.
No es un llanto desgarrado, no gritas, no sollozas, no produces sonido alguno; únicamente tus ojos se enrojecen y adquieren ese aspecto vidrioso del llanto, hundes la cabeza y si llevas el pelo largo te cubres un poco con el mientras las lágrimas silenciosas resbalan por tus mejillas.
Es amargo, no desahoga como desahogaría gritar o llorar en voz alta, pero aquí no hay nadie cerca que te conozca, que sufra por ti.
Y no hay preguntas.
¿Cúantas veces habré llorado yo así, en silencio, en esa extraña intimidad que dan a tu alrededor cientos de personas desconocidas?
Pero también es cierto que a veces secretamente he deseado que alguien se preocupase por mi, que alguien fuese lo suficientemente humano para sufrir viendo el dolor ageno y preguntase, aunque solo fuese un - por qué lloras? o un - te encuentras bien?
Una vez fue así y en parte me sentí aliviada, contesté con un escueto - estoy bien, gracias- pero ya me hizo sentir un poco mejor que alguien hubiese preguntado y al no conocerme tampoco insistiese en saber, ni hubiese deslizado el veneno de un falso - estoy aquí para lo que necesites cuando obviamente no va a ser así.
Cuando hago esto, no es por llamar la atención sino justamente todo lo contrario, porque se que si lloro en casa mi madre lo verá y sufrirá, y hará preguntas queriendo saber, se que si lloro en clase mis compañeras y profesores querrán saber y hay veces que no hay una explicación lógica, hay veces que se llora sin motivo, simplemente porque ha sido un día malo y esa es nuestra expresión física de un malestar interno, para que no quede ahí, dentro de nosotros, pudriéndose y pudriéndonos.
Lloramos porque en cada lágrima destilamos un poquito de nuestro malestar, lo expulsamos gota a gota por los ojos, como una sustancia tóxica que nos hace más daño dentro que en ese momento de su manifestación.
Por eso me gusta llorar en el metro si lo necesito, porque no tienes por qué justificar nada, no tienes por qué tener un motivo sólido para llorar ni tienes por qué explicárselo a nadie y no haces sufrir a la gente que te quiere.
Parece que no soy la única que lo hace; todos los días me encuentro con cientos de ojos y miradas, tan iguales entre sí que he aprendido a reconocer los estados de ánimo en ellas, y somos muchos los que utilizamos esta escuela del dolor discreto.
No diré día a día pero sí semanalmente me encuentro con una de estas miradas enrojecidas, con una lágrima que se asoma tímidamente y rápidamente recogida con la palma de la mano o con una manga, sin embargo he sacado la cuenta y estoy completamente segura de que cada día hay al menos dos personas en un metro llorando, por dentro o por fuera, pero sufren.
Ayer mismo la chica que se sentaba en frente mío sintió esa necesidad, y ocultó su llanto mirando por la ventana, con la barbilla apoyada en la mano y de vez en cuando apartando con su dedo el vertido salado.
Miraba fijamente, incluso cuando entramos en el túnel y ya no había nada que ver.
Y yo la observaba, dudando entre si debía de decir algo o no decir nada; la observaba con un nudo en la garganta pensando en lo que me gustaría que hiciesen por mi, si prefería que no me hiciesen preguntas o si me hubiese gustado más que alguien intentase animarme o hacerme reir.
Finalmente llegó su parada y con esa pesadez de los días tristes se levantó y se fue.
A veces dudo si realmente este mundo actual tan frio es bueno o malo, si estamos perdiendo con él, una parte de nuestra humanidad, si realmente somos humanos totalmente o comenzamos a parecernos a autómatas que van de aquí para allá realizando funciones rutinarias.
Dudo si realmente ha habido antes un mundo más cálido o si siempre hemos sido así, pero al no recordarlo, no lo sabemos con certeza.
Yo no quiero ser así, no puedo, cuando dejo pasar de largo a una persona que sufre y a la cual podría animar siento que se me muere algo dentro; algo muy pequeño, insignificante, pero es esa parte reservada a los desconocidos, a las personas que posiblemente solo vea una vez en mi vida y con las que sin embargo, a la primera mirada, establezco un vínculo.

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