El día que llovieron cenizas

Cuando esta mañana llegué a la parada hacía mucho frío y lloviznaba.
El cielo estaba completamente gris, y el vaho, salía a suspiros de las bocas que allí se encontraban.
Al mirar al cielo, vi caer fragmentos oscuros de materia suave y liviana que flotaban en el aire, mezclándose con la lluvia y el humo, con el vaho de nuestras respiraciones.
Uno de los fragmentos se ha posado sobre mi abrigo,y al ir a apartarlo se ha deshecho entre mis dedos dejando un rastro gris.
Las cenizas son obviamente el signo de un incendio, que al parecer había ocurrido en un polígono industrial cercano, pero también, son presagio de tristeza.
Cuando se prende fuego a algo, y se lo deja arder hasta desaparecer, lo único que queda de ello son las cenizas, que quedan como vestigio y testimonio triste de lo que una vez fue la materia incinerada.
Yo creo en los presagios, creo en la fortuna y en el humor del día, esto es, como nos afecta un día a nosotros.
Hoy había mucha gente en el metro, como la mayoría de lunes, que acuden todos a sus tareas y conforme va avanzando la semana, acuden menos o más tarde.
Sin embargo, la mayoría de gente caminaba sin ver, tropezaban entre ellos y conmigo misma pero no se quejaban como de costumbre; se limitaban a mirar hacia delante intentando atravesar el obstáculo.
Cabizbajos, muchos en silencio, con las miradas perdidas, ese es el presagio de los días grises en los que la ceniza cae del cielo transportada por el aire pesado y húmedo.
Yo también iba abstraída, contemplando por las ventanillas la lluvia y las partículas negras y grises, sin pensar en nada muy concreto, ni siquiera en la música que escuchaba.
A la vuelta a casa a medio día me invadía una sensación de derrota extraña, como una pesadez muy grande, tan grande que hasta me costaba articular palabra y cuando una chica joven me ha empujado para ocupar el asiento en el que me disponía a sentarme, no he protestado, ni siquiera la he mirado, o mejor dicho, la he mirado pero no la he visto; he continuado mi trayecto de pie y en silencio.
Sin embargo, al salir del metro he visto por vez primera; mi mirada se ha cruzado con la de una mujer rubia, de ojos claros y la mitad de la cara completamente magullada: desde el ojo hasta la comisura de la boca tenía la cara hinchada y con esa mezcla de morado y amarillo de un golpe que ya empieza a sanar.
Por la tristeza de sus ojos he sacado la conclusión precipitada que todos creo que hubiésemos sacado; pobre mujer, su marido la maltrata.
Posible y desgraciadamente no haya errado mi juicio, pero por otra parte he pensado que yo muchas veces me he caído, me he golpeado en la cara con algún objeto y no sería la primera vez que se me pone un ojo morado o un corte en la cara por algún resbalón desafortunado.
Esa ha sido mi duda; ¿somos malpensados por naturaleza? ¿pensamos instintivamente en que una lesión como esa es un síntoma inequívoco de maltrato por parte de algún familiar porque es a lo que nos estamos acostumbrando a ver todos los días? ¿Con cuántas miradas se cruzó esa mujer que pensaron lo mismo que yo, pero que al final, no hicieron, no dijeron nada?
La lástima es que es nuestra realidad actual, y posiblemente como ya he dicho no me equivocase pensando eso. ¿En cuántos casos no quedan marcas?
¿Quién me dice a mi que esa señora no trabajase en un almacén o una fábrica y le hubiesen caído unas cajas llenas encima? ¿o que hubiese tenido la mala suerte de resbalar por las escaleras de su casa o su oficina para terminar dándose con la barandilla por ejemplo?
Pero había algo en su mirada, en el temblor de su barbilla y como apartó la vista para escapar de mis ojos que me dijo lo contrario.
Esta mañana cuando he mirado al cielo, llovían cenizas y los corazones y rostros de la gente se han impregnado con esa tristeza de destrucción que dejan, por eso no descarto algo tan triste, tal vez otro día no, pero hoy es el día en que llovieron cenizas.

Comentarios

Alejandro ha dicho que…
chapó, nada mas que decir

http://www.fotolog.com/rediar_x

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